domingo, 15 de mayo de 2011

Prólogo a "Pequeñas dosis de amor".

Todo comenzó en mi interior. Estaba tan desesperada porque me amaran, que me entregaba sin provocación. Nunca fui alguna de aquellas chicas que reúnen todos los requisitos, a la vieja usanza, para ostentar el título de novia formal y mucho menos el de la esposa perfecta. Nadie me tomaba en serio, y yo lo sabía; no me molestaba, y por eso atraía a infinidad de hombres, la mayoría de ellos ya comprometidos o con esposa en casa.

Para comenzar -la relación- solía decirles “Si tu mujer no me reclamará algún día, adelante” y ellos solían responder que nunca se enterarían, pero más tardaba en advertir que en huir de las garras de alguna loca celostina.

El relacionarme con chicos comprometidos, sólo había aumentado mis conocimientos sobre ellos, o al menos eso yo veía; la doble vida que llevaban, a veces era un acto inconsciente y yo no los culpaba, era parte del papel que, creía, les tocaba llevar como hombres, en esta vida. Nunca he justificado la infidelidad, puesto que si para la otra persona es importante el no relacionarse con nadie más, al inicio debería quedar un común acuerdo sobre la exclusividad.

Debiera, debería. Todo queda en el ideal, pues he soltado miles de palabras en forma de consejos y ninguno me ha servido en realidad. La historia que estoy por contar, es la viva imagen de un amor ciego, aquel que dista mucho del amor verdadero, aquel que te lleva a hacer locuras insanas, que te lleva a perder el camino andado, aquel que te roba la calma. La gente, a menudo otorga migajas, pequeñas dosis de amor que no son suficientes, sólo para quien se engaña. Esta es mi historia: la vida, la muerte, el entierro, la resurrección y la huida de mi alma.

0 Comments:

Post a Comment